Fue un simple mensaje, pero de simple no tenía nada.
Supe que tenía que hacerlo aunque no quisiera,
así que gracias por avisar.
Cogí el teléfono y respiré hondo un par de veces antes de hablar,
era yo la que tenía que darle ánimos para seguir adelante.
- Hola mi niña, me acabo de enterar, lo siento tanto...
- Gracias, no te preocupes, sabíamos que pasaría. Aunque es curioso, porque nunca te haces a la idea, ya me entiendes.
- Siento no poder estar ahí.
- Yo siento que no puedas estar aquí, no sabes lo que te necesito.
A partir de ahí, mi sangre se congeló y mis palabras no conseguían salir con el ánimo que ella se merecía. Me estaba pidiendo ayuda a gritos, nunca escondió que soy fundamental en su vida, pero nunca pensé en la sinceridad de sus palabras hasta este difícil momento.
Una niña de 15 años que siempre se apoya en mí.
Lo malo es darse cuenta del peso y la responsabilidad que eso conlleva, y sobre todo la culpabilidad que genera cuando no puedes estar donde debes.
Sé que un abrazo hubiera sido suficiente, pero ni eso le podía dar.
Esa noche se dormiría únicamente con una llamada de teléfono.
La rabia y la impotencia de ambas salieron transformadas en lágrimas y nuestras palabras fueron tan bonitas y cercanas que consiguieron traspasar por unos intensos minutos las barreras de la distancia.
Lo que más me dolía de sus palabras llenas de angustia, era lo identificada que me sentía, he pasado por sustos similares muchas veces, yo tengo un abuelo que tiene siete vidas, y todos los días me acuesto recordando que ya ha gastado seis.
La entendí tanto que su dolor me dolía más de lo que puedo explicar, incluso más de lo que puedo soportar. No es justo niña, ahora no.
Sé que no ha tenido una vida fácil, nunca tuvo suerte y tal vez, no la tenga jamás.
Yo sólo quiero que no sufra, poder darle un beso y calmarla, devolviéndole todo el cariño que ella me ha transmitido desde aquella tarde de verano en que se me acercó, diciéndome que se llamaba Laura, y que todas las noches pedía para su hermano mayor una chica como yo.
Lo único que me quedaba por recordarle para hacerla sonreír después de horas colgadas al teléfono, era que, aunque no podamos vernos, yo siempre la recordaré.
Recordaré sus enormes ojos negros y su cara de niña,
con la que nunca se cansaba de decirme que me merezco lo mejor.
Recordaré que vale millones y que lo dio todo para que
su hermano y yo pudiéramos ser muy felices.
Recordaré que nunca nadie me había hecho sentir tan querida como esa chiquilla de rizos color carbón, y que me demuestra que hay gente que me necesita.
Y nos dimos cuenta de lo especiales que somos, todos y cada uno de nosotros.
Que a veces, no nos damos cuenta hasta que es demasiado tarde, y ya no podemos decirle a esa persona lo importante que es en nuestra vida.
Ella es especial. Y tú. Y yo.
Buenas noches Lauryta...Te quiero, que no se te olvide jamás.
lunes, enero 30, 2006
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario